jueves, 11 de junio de 2009

Y sus ojos solo reflejaban una cosa: odio.
Ahí sentado, sin aliento y sin poder pensar en otra cosa que no fuera lo sucedido hace unos instantes. Ahí sentado con las pupilas dilatadas y la oscuridad alrededor se encontraba Koko. Ahí con las patas mojadas y el lomo encrispado no se le ocurrió pensar muy diferente a los seres humanos: no hay nada que engendre un odio tan puro como el que acarrea el desamor.
¿Desamor? ¿eso trae odio? Mas bien sería el daño al amor propio, que no es lo mismo. ¿O sí?
Recordó la imagen, ellos tras los arbustos, ella mirándolo con esa expresión vacía de cuando pasa lo inevitable y obvio casi para todos. El corriendo, subiendo cercas, tejados, cruzando avenidas y casas con perros guardianes que ni siquiera se enteraron qué era la sombra que pasó velozmente junto a ellos, de modo que no les interesaba de manera alguna. A nadie interesaba, ni siquiera a ella.
¿Y cuando uno sale herido, el otro no se salpica al menos?
Era la hora en que pudiera haberla visto, así que decidió recorrer los lugares que la llevaría en la cita. Al final, el callejón oscuro que solo dejaba una franja de estrellas como techo, tan estrecho que la maleza no había podido ser retirada por la gente habitual para eso. Ahí, los dos tan juntos, maullar a las estrellas que los vigilaban.
No, no quiero salir contigo.
Cuando al fin se decidió a hablarle era demasiado tarde. Ella lo había estado esperando, más de la cuenta, Cuzan se cansó de esperar y aceptó abiertamente la invitación de Kiti. Cuando Koko la invitó a salir era inútil, ella saldría esa misma noche a mirar las estrellas junto con Kiti.
Después de todo, hombres o gatos, todos son iguales. ¿no?
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jueves, 2 de abril de 2009

Aquel día de lluvia Rodrigo los había visto por primera vez, juntos, empapados, iguales a la vista. Él era el único que había descubierto el secreto del misterioso vecino así que después del eclipse nadie notó realmente la desaparición de Keto, nadie que no fuera humano claro está.
Oni y Rodrigo habían gastado muchos días buscando a sus amigos, nadie les hizo caso, nadie los tomó en serio, dos gatos desaparecidos no es para tomarlo en consideración en el mundo de los adultos.
Nada más podían hacer, solo esperar. Después de la partida de su hermana Rodrigo se había refugiado en la amistad extraña de Kata o lo que ésta consideraba como amistad. Oni por su parte también tenia historia con Keto, la amistad de ellos era más profunda al compartir en ciertos momentos hasta la especie. Los dos se habían quedado solos, los dos tenían secretos, los dos tenían su propio y personal tormento. Los dos eran únicos y por lo tanto iguales.
De la manera más descuidada, como suele pasar con todo lo importante, Rodrigo había perdido la mitad de su derecho de muerte. De la manera más cruel, desde nacimiento, como le gusta jugar a la vida, Oni había sido destinado a tener solo media humanidad.
Entonces Oni acepto su parte animal y Rodrigo su mitad inmortal y se unieron. Oni, con el aspecto y Rodrigo jugando a comportarse como Keto.
Fue entonces cuando se le ocurrió. La mente de Rodrigo suele ser bastante astuta o malévola en ciertos momentos cumbre (en otros no, como lo hemos visto). Un viaje al zoológico de la ciudad, muchas bolsas de cacahuates tostados y paciencia infinita para aguantar los disparates de una llama loca bastaron. Rodrigo aprendió el oficio y sin mas explicaciones compartió aquella maldición ganada en un día lleno de sol. Ahora sí que eran iguales, ahora los dos tendrían no la semi-eternidad, tal vez un cuarto cada quien, pero los dos compartirían desde ese momento la desdicha de no saber si algún día morirían.
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jueves, 5 de marzo de 2009
Noche oscura. Las estrellas no salieron esa vez o al menos Oni no las vio, solo miraba impaciente el reloj de pulsera malgastado por el tiempo, aquel que había visto marcar el día completo en aquel lejano parque gris. El tiempo había pasado, ahora veía todo aquel episodio del mismo color del día, siempre gris.
El sonido del minutero le era perceptible, cada segundo retumbando en sus oídos, cada gota de sudor que resbalaba sobre su blanca piel dejaba el rastro del tiempo marcado en su cuerpo. La excitación de la espera le impedía hacer cualquier cosa que no fuera mirar el reloj.
Después de haber abandonado aquel parque los días pasaron demasiado rápido, las horas eran ligeras y la suerte se dio cuenta de su existencia, pronto había conseguido techo y comida, el dinero vino por añadidura sin embargo nada le satisfacía, no buscaba nada material y al parecer era lo único que lograba obtener.
La noche avanzaba, los momentos de delirio causados por la expectativa estaban instalados permanentemente, cada golpe, cada ruido era fielmente contabilizado, los ojos parecían salir de sus órbitas. Quién no ha sentido la desesperación que embarga la vigilia de una noche impaciente, que esperas que te reclame pasado y presente y que arranque tu alma a destajo desde el inicio hasta el fin, aquel deseo de estallar y aniquilar todo a su paso para que el tiempo se detenga y tu agonía acabe, aquello que sucede entre los espacios del reloj que marcan los segundos, esos segundos eternos, inútiles que arden en la mente, el cuerpo y el espacio donde se supone que va tu corazón.
Después de juntar bienes materiales había decidido pasar el tiempo, pasar la vida de corrido sin objetivo fijo, necesitaba una casa, una buena, con ubicación excelente para mirar el cielo y con amplios espacios y vecindario tranquilo. Vecindario lleno de vecinos y vecinas, vecinas pequeñas y asustadizas, vecinas que no llegaban, vecinas que soñar trágicamente.
Las lágrimas habían salido y secádose más de una vez, ya no quedaban más, estaba llegando al punto donde la noche era más oscura y febril, afuera el ruido aumentó, se escucharon los pasos de mucha gente, llegadas, carros, sonidos enloquecedores. Oni cerró los ojos, quiso despertar de un sueño falso pero la realidad lo obligaba a despertar.
Los gatos maullaban en el tejado, miró por la ventada trémulo de saber lo que ocurría. Kata corria huyendo de la gente que llegaba y entraba por la casa iluminada en aquella noche oscura. Kata se detuvo frente a él, lo miró con sus grandes ojos azules y lo supo.
Aquella oscura noche tres gatos miraban absortos a su dueño salir corriendo enloquecido hacia la casa del vecino. No hicieron caso, las estrellas tenían cosas más interesantes que mostrar.
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jueves, 12 de febrero de 2009
Había pasado algo de tiempo desde que Keto y Kiti se conocieron. La extraña personalidad de Kiti ya no lo era tanto ni para Keto ni para sus demás compañeros. Todos se habían acostumbrado al ligero grado de autismo combinado con locura de su amigo. No se cuestionaban mucho el porque era así, talvez sería de nacimiento o talvez fue el golpe que se dio cuando cayó de su estrella, o al menos eso era lo que Kiti decía: se cayó de su estrella, se olvidaron de él y ahora que se dieron cuenta de su ausencia no recuerdan en cual de todas las galaxias visitadas en aquel infausto viaje lo dejaron.
Algunas veces Kiti, Keto y Koko subían a la azotea para mirar las estrellas en las noches despejadas. En realidad el primero subía a eso, los otros dos subían para reírse del pobre Kiti y de paso asegurarse de que no cayera del tejado.
Estaban los tres sentados mirando al cielo, la noche era tranquila y oscura, Koko bajó la vista para espiar a los vecinos de enfrente, ese par de hermanos eran un verdadero show. De repente un ruido fuerte se escuchó, el golpear de una puerta, era Oni que salía corriendo de la casa y se dirigía a ver a los vecinos, había mucha gente en la casa de enfrente, todos vestidos de negro, todos con flores en mano, Rodrigo el vecino estaba sentado en el portón con Kata en brazos.
Koko: Hey Keto, mira para allá abajo, ahí va tu ídolo Oni a ver a los vecinos.
Keto: Déjame, estoy viendo una estrella que me baila.
Koko: Y ahí está Kata ehhh… ¿oíste?... Kata, tu noviecita…. Uuuu…
Kiti: …….. rrrrrrrrrrrrahhhrrrrrururur…..
Keto: Kata no es mi novia (bajando la vista)… ¿haber?
Koko: Los vecinos tienen buenos calcetines
Kiti: miau rrrrrrrr miau ….
Koko: ¿Qué demonios haces Kiti?, ¡ya te dije que no son tus parientes alumbrándote eh!
Keto: ¿Qué estará pasando? Rodrigo debería soltar a Kata para que venga a ver la luna esa que tanto le gusta.
Kiki: Mira!!! Miren los dos…. Ahí…
Keto: Kiti, cálmate o te metemos a la casa.
Koko: Si Kiti, o quieres que te pase como la otra vez, eh, acuérdate papá, te calmas o te calmo.
Keto: Eres un agresivo, Koto.
Kiti: miau uuuuu uuuuuuuuuuu….
Koto: que gay sonaste Keto.
Aquella estrella que Keto vigilaba era la que tanto alboroto causaba en Kiti, ésta comenzó a descender, dio vueltecitas, brilló, cintiló, se tornó azul, luego, rojo, se quedó en amarillo y poco a poco comenzó a bajar en dirección a los tres gatos atónitos que estaban mirándola avanzar en la profunda oscuridad de esa noche llena de gente que tenia mejores cosas que ver que una estrella con complejo de semáforo descendiendo para ir a visitar a unos gatos.
La luz bajó hasta el techo y atrás de ella había otro gato un tanto extraño, negro como la pez igual que Keto pero menos pachoncito, su piel era brillosa y radiante, sus blancos colmillos resaltaban del rostro, ojos rasgados y rojos como paleta de dulce y unas pequeñitas y puntiagudas orejas. En nada se parecía a Kiti, lo único común era que los dos eran gatos y tenían bigotes y cola, nada más, sin embargo Kiti fue invadido por el furor de tantos años de espera, tantas risas de sus compañeros, tantas caras incrédulas y tantas noches de vigila escondiendo su ansiedad para no ser apaciguado por Koko. Los tres observaban mientras temblaban pasando del temor a la curiosidad.
-Hola, me llamo Kuwa – dijo el extraño gatovni que tenían ante ellos. La voz era algo gangosa, no tan espacial como ellos hubieran imaginado. Kuwa comenzó a contar sus orígenes. Que si la estrella Omega-28 del cuadrante Betacaroteno-Alfa-minotauro, que si la nave modelo nimbus28500, que si los seres del planeta Actefilino, que si las memorias andantes de tres patas, que si el combustible compuesto de lluvia estelar. Así fue contando y contando anécdotas, entre más contaba aumentaba la ansiedad de Kiti por descubrir parentesco, Koto se emocionaba e imaginaba un viaje y su trajecito espacial. Keto dudaba, empezó a dudar pronto, no fue el hecho de que la estrellita bailarina siguiera bailando allá arriba, ni que el color de las luces de la nave de Kuwa concordara con el avión de baterías y luces que le fue confiscado a unos niños por su mamá tan solo minutos antes de que el gatovni llegará, no, nada de eso fue, una duda desembocó todo: ¿Nimbus28500? Las Nimbus se descontinuaron y no eran naves espaciales, eran escobas para jugar Quidicht, luego, esos ojos, como perdidos, rojos, como hechizados y luego recordó historias de humanos que se convertían en hombres lobos y perros gigantes que eran sus amigos, entonces si los perros iban con los hombres lobos, los gatos iban con…
Keto: IMPOSTOR!!!
Kuwa: aghhh… ehh ¿¿?
Koko (¡…!)
Kiki: miau uuu
Kuwa: ¿Me hablas a mí?
Keto: Si, a ti te hablo, impostor.
Kuwa: no.. espera… este… ehmm..
Keto, no digas nada, lo sé todo
Kuwa: ¿Todo?
Keto: Si, sé quien eres, tu eresss….
Kuwa, nooo, espera, nooo
Keto: Eres un gato Vampiro!!
(…….)
Cri.. cri… cri
Kuwa: este, ehh. Si claro (¿?!!) lo que digas. Bueno, ya me voy antes de que salga el sol.
Kuwa desapareció entre los arbustos y los tres gatos se quedaron pasmados bajo la penumbra de la noche y con la calle llena de gente vestida de negro que al igual que ellos dirigían miradas obtusas al cielo.
Kiti entristeció un poco más y decidió que era mucho cielo nocturno para el. Keto y Koko esperaron el amanecer, había que estar seguros y resguardar el hogar.
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jueves, 15 de enero de 2009

Niebla, de cómo Oni entra a estos cuentos.
La mañana comenzó blanca, espesa, llena de luz queriéndose colar entre las rendijas que la niebla dejaba. Aquella era la tercera vez que el sol se levantaba desde que dejó su casa. Oni abrió los ojos, los cristales del coche estaban empañados, había sido una fría noche y pensó que limpiando los vidrios lograría desaparecer ese humo blanquecino que le impedía ver el exterior.
El parque que había elegido para estacionarse resultó encantador, pocos ruidos, pocos curiosos, pocos vagos. Se había dormido tarde por estar mirando las estrellas, ahora se encontraba un poco resfriado ya que a pesar del frío había bajado la capota para observar mejor y estuvo a punto de dormirse con ésta abajo. Cuando la bajó aun el cielo era oscuro y el ambiente tan claro como para disfrutar de la tenue luz que las estrellas le brindaban en aquella noche sin luna. Sin embargo hoy era diferente, era de mañana y al salir del carro no pudo ver más allá de la nariz. En algún momento de la madrugada la neblina había inundado el parque, la ciudad.
Caminó a ciegas envuelto en aquel color, todo blanco, absolutamente blanco, extendió las manos frente a su rostro y el rojo de la sangre pegada alrededor de las heridas contrastaba haciéndolas ver hermosas, unos tonos púrpuras y verdes se asomaban por las yemas de los dedos y las palmas, le faltaban dos uñas y le dolían las articulaciones, aun así resultaban unas manos excitantes bajo aquella vista.
El parque era grande, los árboles le resultaban familiares, si no estuviera todo tan blanco hubiera podido identificarlos o al menos intentarlo. Se sentó en una banca y al posar las manos en las rodillas descubrió que le dolían un poco. ¿Qué habría pasado, en qué momento tropezó?
Comenzó a recordar lo que había vivido desde aquella tarde en que abandonó el hogar. No le causaba tristeza ni temor, le ocasionaba una desolación el saber que no le afectaba dejar una casa que nunca sintió suya, esa tarde tomó una maleta, robó algo de dinero y condujo su auto hasta llegar a esa ciudad llena de gente extraña, llena de parques, llena de coches, tantos que nadie notaria extraño uno que nunca se detuviera frente a la misma casa cada noche. Decidió vivir en su carro un tiempo mientras decidía a qué se dedicaría para sobrevivir.
La niebla no decrecía, cada vez era mas densa, mas intensa, como estar en un sueño borroso, así trascurrió el día y Oni no quiso salir de aquel parque, la niebla lo detenía. Comenzó a oscurecer, los faroles se encendieron y la neblina brilló. Sus recuerdos también. Aquellas manos rasgadas que ahora veía confusa, aquella intempestiva salida de casa, el cansancio, el olvido. Cerró los ojos, continuó viendo la niebla, sintió su cuerpo, sus manos, sintió empequeñerse y cubrirse calidamente de otra piel, sus rodillas rozaron el suelo, las palmas de sus manos ahora sostenían parte de su cuerpo. Abrió los ojos, el parque lucía diferente, recordó los motivos por los cuales salió de casa, supo cómo sobrevivir, supo a donde ir, supo qué hacer. La niebla seguía ahí, tan intensa como antes o más, ahora era diferente, ahora veía el parque a perfección entre lo oscuro de la noche, el resplandor de los faroles y la blancura de la neblina, ahora todo lo miraba mejor con ese par de ojos grandes y pupilas dilatadas como líneas brillando entre la espesa niebla.
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jueves, 6 de noviembre de 2008
Desde pequeño fue un gato lindo, al ser abandonado por los dueños de su madre descarriada un joven lo acogió bajo su techo. Cuando llegó a casa de Oni notó que no era el único, había otro gato joven llamado Koco. En cuanto lo vio, Keto supo que no era muy inteligente así que tomó el control de la casa
Los días pasaron y Keto se acostumbró a aquella familia que ahora tenia, Oni era un buen dueño. Una tarde se acercó a Keto y le dijo que lo llevaría de paseo. Lo metió en una pequeña jaula y se dirigió con él al coche. La noche era clara, el viaje duró mucho. Oni detuvo el auto y bajó en un prado llevando a Keto consigo. Caminaron hasta alcanzar un árbol, Oni sacó sus instrumentos de observación y liberó a Keto. –No te alejes demasiado o te perderás, eh- le dijo mientras abría la puerta de la jaula.
Keto nunca había estado en un espacio tan amplio, al principio sintió miedo y se quedó junto a Oni. Pasado un tiempo se encontraba inspeccionando tranquilamente el lugar. Oni seguía mirando al cielo.
Keto se detuvo a averiguar lo que su amo hacia, miro con esmero aquellos instrumentos en blanco y plata que había llevado, miró cómo apuntaban, hacia donde apuntaban y descubrió el cielo. El cielo, a medio oscurecer, salpicado, enorme, parecía como si se extendiera tanto que de pronto los envolvería y se los tragaría, sintió vértigo y se refugió entre los pies de su dueño. Oni notó el miedo de su amiguito y decidió descansar un poco sentándose bajo el árbol.
- Sabes Keto, cuatro planetas se alinearán, eso hemos venido a ver.
- ¿Qué son planetas?
- Los planetas son algunas de esas manchas brillosas que se ven arriba.
- ¿Me estará escuchando? ¿Será que Oni me entiende?
- No los vayas a confundir con la luna que es esa que parece pedazo de uña.
- A lo mejor le afectó ver el cielo y cree que habla conmigo, pobre amo Oni.
- Yo prefiero los planetas, la luna la vemos siempre sin embargo los planetas no, como Marte que solo nos visita cada dos años.
- He oído historias de dueños que enloquecen y sobrealimentan a sus gatos, ¿será que voy a comer más?
- Ahorita intentamos ver a Marte, Júpiter, Venus y Saturno.
- Hey Oni, deberías echar a Koco, creo que es un ladrón, llega a casa con demasiados calcetines y tu no los usas con bordados de florecitas, ¿o si?
- Una vez vi a Urano.
- De hecho creo que Koco no es muy listo, que tal si lo cachan y los dueños de los calcetines piensan que fui yo y es que tendrían razón, yo soy más hábil que el pobre Koquito.
- Mercurio no me gusta.
- Oye Oni ¿y qué no has visto esos comerciales donde 8 de cada 10 gatos dan sus preferencias alimentarias? Porque ayer compraste comida para cachorros de perro y no, no, un gato tiene su honor, solo que el hambre puede más.
- Creo que ya vimos suficiente, ¿no crees Keto?, vámonos antes que se haga más noche.
- Bueno, si tú insistes, debimos haber traído a Koco para perderlo.
- Anda, métete a tu jaula y deja de quejarte de la comida y andar conspirando contra el pobre Koquito.
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jueves, 4 de septiembre de 2008
La tarde era lluviosa y a través de la ventana Rodrigo miraba la casa del vecino, el día en que éste llego había estado sentado en el pórtico junto con Alicia y Kata, se habían deslumbrado por el carro que conducía y por la inmensidad de cosas extrañas que trajo el nuevo vecino. Tenía muchos gatos, los trajo consigo, cada uno en su jaula para trasladarlos, eran cuatro y al principio Kata se había sentido asustada con sus nuevos vecinos pero ahora pasaba la mayor parte del tiempo con ellos por lo cual ahora Rodrigo se encontraba completamente solo en su habitación, solo con el murmullo del agua y de sus pensamientos.
Absorto se trasladó al momento aquel en que dijo “sí”, le hubiera gustado no ser tan inmaduro para no pensarlo, le hubiera gustado leer menos historietas de gente con superpoderes, le hubiera gustado saber distinguir entre un superpoder y eso que él tenía ahora. ¿Qué significaría realmente la semi-eternidad? ¿Será que Kotan lo había engañado y realmente lo que hizo fue contagiarle su suerte? En eso Keto entraba por la puertita de esas que tienen las casas ricas para que entren sus animales, Keto lucia bastante más flaco cuando estaba empapado, seguro que la lluvia lo había alcanzado lejos de casa, lejos de su amo el vecino raro.
¿Y si estaba mintiendo Kotan? ¿Entonces qué sucedería? Eso ya se lo había planteado antes y se le había ocurrido probar qué tan efectiva era esa semi-eternidad, ¿entonces se iba a medio morir? ¿Si te quedas como vegetal toda la semi-eternidad es medio vivir y medio morir? Ideas parecidas le hicieron desistir de tirarse del puente peatonal que estaba rumbo al colegio o explorar el callejón de Alicia. ¿Dónde estará Kata? Se preguntaba, hacía días que no la veía. Kiti llegó corriendo, entró por la portezuela del frente al igual que Keto, Kiti era gordito, de pelo corto, así que la lluvia no transformaba su semblante, aun así se veía algo asustado, seguramente detestaba el agua.
Entonces la lluvia arreció, los cristales se humedecieron un poco, Rodrigo se levantó por un trapo, le gustaba mirar llover. Alicia también disfrutaba esa actividad, Rodrigo lo recordaba así que procuraba hacerlo cada vez que podía, como si de alguna forma Alicia quedara satisfecha de ese día lluvioso. Kusan y Koco llegaron también, la primera era una gatita linda y tierna, muy casera y el segundo era un gato de lo peor, de esos que disfrutan hurgar en la basura y explorar casas de vecinos, de vez en cuando robaba calcetines de los tendederos, aun no sabemos por qué.
Se le ocurrió que sería buena idea visitar a Kotan pero eso significaría llevar una buena dotación de cacahuates y contar con el tiempo disponible para sus largas y angustiosas charlas y aunque uno pensaría que alguien semi-eterno tendría tiempo de sobra no era así para Rodrigo, por muy semi-eterno que fuera aun dependía de sus padres, a los 10 años todavía no tienes el control de tu tiempo, aunque mejor visto es posible que eso de controlar nuestro tiempo sea una falacia. Kata corría a media calle, un gato le seguía el paso. Rodrigo limpió de nuevo el vidrio y trató de investigar qué gato era, ningún otro vecino tenia mascotas de ese tipo, solo el y Oni, su extraño vecino. Al llegar frente a las casas, Kata dobló en dirección de la suya y el otro gato se dirigió a la portezuela del vecino. Rodrigo miró detenidamente, se trataba de Keto.
Un maullido se escuchó del otro lado de su puerta, Kata trataba de entrar, estaba empapada, Rodrigo le abrió, la secó un poco, tomó una chamarra y bajó las escaleras. Desde la puerta de su casa miraba la de su vecino. La lluvia estaba decreciendo. Cruzó la calle.

Tocó a la puerta, se escucharon maullidos. La lluvia había cesado, volvió a tocar. Esperó un rato. Era probable que Oni no estuviera en casa, pero su coche deportivo estaba estacionado. Escuchó unos pasos y la puerta se abrió. Oni estaba ahí de pie, empapado y con una toalla secándose el cabello.
-Hola Oni
-Hola Rodrigo, qué te trae por aquí, pasa, no vaya a empezar a llover de nuevo
-Este… bueno, gracias… estas mojado
-Si, es que salí a caminar y me atrapó la lluvia, acabo de llegar
-¿Ah, sí? …. Es que…. No te vi llegar…
-¿Me estabas espiando?
-NO… es solo que… eh...
-OK, OK, no hay cuidado, sabes algo, cuando era niño era gato
-¿Cuándo eras niño?
-Sí, ¿te sorprende?
-No, en verdad no creo que me puedas sorprender fácilmente
-¿Entonces no me crees?
-Sí… solo que…. ¿de niño?
-Sí, ya te lo he dicho
-…. Es que tus manos… este… tus manos….
-¿Qué tienen mis manos?
-Aun son de gato.
Se quedaron mirando un rato aquellas manos, Koco ofreció uno de sus calcetines a Rodrigo en señal de bienvenida.
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sábado, 29 de marzo de 2008
Cuento corto.
“Esta llama será eterna hasta que alguien le robe la juventud”
Decía la leyenda. Muchos gastaron su vida en buscarla, todo resplandor fue interrogado, las luces fueron asediadas, cualquier brillo podía ser una eterna llama. Después de agotados todos los recursos, los estudiosos del tema empezaron a imaginar posibles alternativas de interpretación: Si la llama era eterna quizás se hubiese transformado con el tiempo, evolucionado. Así que la búsqueda se acrecentó, pronto todo foco, lámpara y reflector fueron objeto de estudio, incluso el brillo de las pantallas de televisores y computadoras, ni siquiera los rayos láser que salen de algunos centros nocturnos se salvaron del escrutinio. La premisa fue simple, cualquier luz, natural o artificial, puede ser la llama eterna. Pronto los cocuyos se extinguieron.
Alicia y Rodrigo estaban de visita en el zoológico, sus padres los habían llevado por ser periodo vacacional. De jaula en jaula avanzaban, Alicia prefería no acercarse tanto, era algo temerosa, le gustaba cuidarse en demasía. Rodrigo era un niño inquieto, menor que su hermana pero mucho más inteligente y despreocupado que ella. Llegaron a la jaula de las llamas. Alicia no quiso mirar, en cambio fue a buscar una sombra para cubrirse del maligno y cancerígeno sol. Rodrigo se acercó a la jaula recordando una bolsa de cacahuates a medio terminar que guardaba en su bolsillo izquierdo, la sacó y sin muchas esperanzas depositó los cacahuates en la palma de su mano, los ofreció.
Una llama se acercó hasta la palma extendida de Rodrigo. —No me gustan los japoneses, ¿tendrás de los tostados sin aceite?, estoy a dieta —dijo la llama. Rodrigo miraba perplejo al animal. —No, no tengo, pero si quieres voy a comprarte unos —le contestó cuando logró reaccionar. La gente miraba raro a Rodrigo, como eran vacaciones el lugar se encontraba lleno, aun así resultaba imposible ignorar a un niño parado al borde de la jaula, con la palma extendida llena de cacahuates, con la mirada fija y hablándole disparates a una llama.
— ¡Qué jovencito tan amable eres, Rodrigo!
— ¿Cómo sabes mi nombre?
—Oí a tu hermana decirlo cuando se quejaba del sol.
— ¿Por qué puedes hablar?
—Todas las llamas podemos hablar, solo que la mayoría somos algo lentas, necesitamos media eternidad para aprender.
— ¡ah, vaya! (… no pudo evitar desviar la mirada hacia el gran farol que había en una esquina de la jaula y sentir pena, propia y ajena.), ¿y cómo te llamas?
—Me llamo Kotan. Sabes, me caes bien, te propongo un trato, si me traes una bolsa de cacahuates tostados, de la grande, me despojaré de un poco de mi eternidad y te daré juventud semi-eterna
— ¿Cómo es la juventud semi-eterna?
—Pues verás, parecida a la eterna solo que considerando tu edad actual y los años-llama convertidos en años-hombre calculo que duraría más o menos media eternidad.
—OK. me parece justo, media eternidad suena a bastante tiempo, en media eternidad hasta una llama aprende a hablar.
Rodrigo fue por los cacahuates tostados sin aceite de bolsa grande y Kotan le regaló la juventud semi-eterna. Se despidieron y quedaron en verse de nuevo para platicar y comer más cacahuates. Rodrigo fue a buscar a su hermana Alicia que aun se encontraba sentada a la sombra, huyendo del sol y mirando a lo lejos el estanque de los hipopótamos, revisando de vez en cuando si lograba ver algún tutú rosa talla hipopótamo. —¿Te gustaría ser joven semi-eternamente, Alicia? —Le preguntó. La niña meditó durante tres segundos, hizo una mueca —No, qué aburrido. —Contestó ella. Rodrigo agachó la cabeza y suspiró.
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jueves, 13 de marzo de 2008
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jueves, 28 de febrero de 2008
O Keto, the beginning.
O El gato de las estrellas.
O De cómo Keto planeó el atentado contra Kata.
O De cómo Keto y Kiti (el gato que vivió, aunque con una cicatriz en forma de rayo en la frente) se conocieron.
O De cómo nunca es suficiente un solo título.
Keto siempre había sido muy diferente a todos los demás, claro que no era el único diferente, todos somos diferentes de alguna manera, para ejemplo estaba Kata, siempre tras la luna. A Keto esa actitud le exasperaba, no sabía como un gato podía demostrar semejante devoción a tan insulso objeto, a él no le interesaba la grandeza por eso aquella bola de luz gigante y nocturna no le apetecía en lo más mínimo, él buscaba más allá de la grandeza, mucho más allá de aquel astro gigante. Decidió ayudar a Kata a librarse de aquella masa enorme, aunque para ello necesitaría ayuda.
Aun así, con las extravagancias que lo rodeaban, seguía sintiéndose ajeno a todo y a todos. Esperaba que algún día alguien más extraño que él llegara para hacerle compañía. Y sucedió. Fue en una buena mañana de febrero, Keto se despertó temprano a pesar de que en la noche anterior había festejado durante largo rato que la luna desapareciera un instante del cielo nocturno. Se levantó esperanzado por lo eventos nocturnos, decidió ir a dar un paseo, la ciudad aun se hallaba desierta, de pronto escuchó un canto:
♪ ♪ ♫ ♪ Fui punto en multitud por donde fui,nadie me detectó y así aprendí.
— ¿Quién estará cantando? —se preguntó Keto. Y siguió caminando hacia donde escuchaba el susurro, le pareció que quien quiera que fuera cantaba bastante mal entonado, pero aun así la curiosidad le ganó
♪ ♪ ♫ ♪ Hoy sobrevivo apenas a mi suerte,lejano de mi estrella de mi gente.
Keto caminó hasta que la voz se fue haciendo más cercana, estaba bastante lejos de casa, llegó por fin al origen de aquel canto desentonado. Estaba parado justo en la entrada de un parque, se adentró.
♪ ♪ ♫ ♪ Me voy debilitando lentamente. Quizás ya no sea yo cuando me encuentren.
Caminó hacia el centro de aquel vacío parque y ahí lo vio, sentado de espaldas. Llegó hasta él, lo rodeó, lo examinó. La verdad parecía algo tonto, con la mirada fija, como perdida. — ¿Quién eres? —le preguntó. —Mi nombre es Kiti —contestó el gatito blanco. Keto siguió interrogándolo pero todo fue inútil, parecía como si Kiti hubiera sufrido un fuerte golpe en la cabeza, lo único que recordaba era aquella canción y que había salido de casa a buscar a alguien.
Keto, después de un rato infructuoso de conversar con Kiti, se dio cuenta de algo curioso, no se sentía extraño frente a Kiti, pareciera que no era del todo diferente al gatito blanco de pelaje y mente que había encontrado en el parque, a pesar de que nuestro Keto era más negro que la pez. No le tomó demasiada importancia a ese hecho. Keto sonrió. Le dijo a Kiti que él lo cuidaría como un discípulo, con dos condiciones, la primera no volver a cantar aquella canción y la segunda ayudarlo en su plan maléfico contra cierta Kata, perdón, gata. Kiti aceptó.
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Notas y agradecimientos:
- Imagen "El gato de las estrellas" por Oscar Astorga. Gracias, bien lindo.
- Agradecemos a Silvio Rodriguez por prestar una vez más involuntariamente sus canciones, en esta ocasión la de Casiopea, que por causas de elefantropez mayor no pude subir al Esnips y ponerla aqui (maldito Copyright)
- Ya, es todo, ah también invito a cualquier lector que se haya tomado la molestia de llegar hasta aqui, bueno, no importa si no llegó "leyendo" , a unirse al grupo: hablando-ando, donde se publica en cada blog por meritito y puro gusto un tema en común cada jueves. (para informes y reservaciones favor de dirigirse a mmm avisenme y yo les informo a quien se interese)
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jueves, 4 de octubre de 2007
... y Kata se encontraba ahí, de nuevo, puntual cada mes esperando verla. Y se sentaba allá arriba, talvez algún día lograría alcanzarla pero si eso pudiera pasar sería en el justo momento en que se levantaba llena y esplendorosa ante sus ojos, sólo un día cada mes y por eso la espiaba tan religiosamente.
Kata no hacía otra cosa que mirarla, la embrujaba, se quedaba quieta hasta que el pescuezo se le entiezaba, no oía, no veía, no sabía nada más en ese instante que no fuera la luz fulgurante que emitía aquel objeto colgado del cielo. Mientras eso sucedía el mundo seguía su curso bajo sus patas.
En las noches solitarias, en las que ella no salía entera, Kata recorría el largo camino desde su casa hasta aquella rama que ahora era su más invaluable descubrimiento, por si acaso aquella pelota brillante se le ocurría cambiar la rutina, así que Kata caminaba con la vista en alto, vigilando al pedacito de luna que se asomaban a saludarla. Kata no veía otras cosas, ni estelares ni mucho menos terrestres, su atención ya tenía destinatario. -¿De quién se cuidará esta esfera que del miedo solo sale entera un breve tiempo? -se preguntaba Kata mientras caminaba hacia su rama.
Pero estaba demasiado absorta en su tarea como para darse cuenta de lo que sucedía bajo sus acolchonadas patas cada vez que trepaba aquella rama para adorar a su esfera. -No importa que esté iluminado si no mirás hacia abajo para ver qué sucede- Le dijo Keto a su pequeño y curioso acompañante. Keto no estaba embrujado por el objeto brillante, no, su mente no era poseída por ese resplandor si no por otros asuntos más siniestros. Keto lo había planeado todo con demaciado esmero, todo bajo los bigotes de Kata. Ahora estaba listo, sólo había que aguardar la siguiente luna llena, en la noche en que se alzaba más cerca y brillante. Keto le dió las últimas indicaciones a kiti, su no muy brillante acompañante y cómplice, mientras Kata caminaba embobada mirando al cielo, mirando el pedacito de esfera que parecia una uña.
Y la noche esperada llegó, Kata salió de prisa, como siempre, desde que empezó a oscurecer, no quería perder detalle de tan anhelado momento. Caminó feliz, ronroneando un poco, maullando otro, dando saltitos hasta llegar al pie del arbol, trepó hábilmente y se sentó en su rama a esperar. Y la luna se alzó.
Mientras tanto Keto aguardaba. Con las pupilas dilatadas por la luz de la luna, con Kiti aguardando sus ordenes. - Espera... espera... espera - se repetía Keto para no errar el momento.
Kata abrió los ojos, la luna comenzaba a llegar a su punto favorito; Keto se preparaba con la desesperación de quien ataca contenida en las pupilas; Kiti miraba espectante, un tanto confundido; Kata sintió los rayos invadiendo su cuerpo, bañándola y acariciándola tan fuerte que cerró los ojos un instante; Keto avanzó, despacio para no hacer ruido y sacar de su trance a Kata; Kiti presentía que aquello no iba a resultar, no avanzó;
De repente un maullido de terror despertó a Kata, giró la cabeza en dirección a Kiti pero no vio nada, inspeccionó más allá donde estuviera Keto, pero tampoco pudo ver nada, sus pupilas aún estaban dilatadas, volteó la mirada hacia su astro y no estaba.... entonces se dió cuenta de que la rodeaba la oscuridad, sintió su arbol moverse y sacudir todas sus ramas; gritos, maullidos, arañazos, cayó.... más ruidos, aquello sonaba a angustia, -dónde estás, Keto -gritó Kiti. Keto no contestó, luego, más ruidos, un maullido similar al de Kata pero más desgarbado, luego más silencio... y la luna apareció de nuevo, lentamente.
Kiti, al pie del árbol, miró hacia el cielo hasta que la luna apareció, sus rayos iluminaron todo de nuevo. Tardó en bajar la mirada pues se acordó de lo dicho por Keto, no importa que esté iluminado si no mirás hacia abajo para ver qué sucede. Kito tardó en decidirse a mirar. Cuando lo hizo deseó no haberlo hecho jamás. Ahí estaban todas las trampas planeadas para Kata, intactas, un conjunto de hojas secas esparcidas y revueltas y más allá, donde la luna iluminaba mejor, estaban Kata y Keto, inertes.
Desde aquella noche Kiti sigue la vieja costumbre, un día al mes sube hasta aquella rama, vigila la luna, vigila el suelo y vuelve a vigilar aquella luna brillante esperando que algúna noche decida volver a su guarida y traer de vuelta a Kata y a Kato.
miau, miau ♥ cuántos Katas tenemos por aqui?
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